La Fuerza de la sangre
La Fuerza de la sangre Cualquier animal que no hubiese sido herido y estuviera vigoroso y lleno de ánimo se hallaba en seguridad completa una vez había podido guarecerse bajo aquel verde techado del bosque inexplorado. No era difícil ocultar las huellas; el suelo, elástico, no producía ningún ruido, de modo que dos hombres habrían podido buscarse mutuamente durante semanas enteras y estar a pocos metros de distancia uno de otro sin sospecharlo siquiera. El problema de sustentar la vida resultaba inseguro, pero tanto los hombres como los animales perseguidos podían contentarse con poca cosa. Duane deseaba cruzar el río, suponiendo que ello fuese posible, y, siguiendo corriente arriba, sin abandonar la selva, llegar a una región más hospitalaria. Recordando lo que aquel hombre dijera con respecto al río, sentía algunas dudas acerca de la conveniencia de cruzarlo, pero se proponía aprovechar todas las oportunidades posibles para dejarlo entre él y sus perseguidores. Siguió adelante. A veces tenía que sostener su brazo izquierdo, porque apenas podía moverlo. Utilizando el derecho para apartar las ramas de los sauces, se deslizaba de lado entre ellos y avanzaba con bastante rapidez. Encontraba estrechos pasos y descubría senderos utilizados por los animales, así como algunas aberturas entre los arbustos, y de todo se aprovechaba para correr, andar o arrastrase y continuar la marcha. Resultaba muy difícil seguir la línea recta, pero lo conseguía tomando como guía alguna mancha de luz solar o un árbol determinado, y, al llegar allí, buscaba otro punto de orientación. De un modo necesario, su avance fue cada vez más lento, porque la selva iba siendo más intrincada, densa y oscura. Pronto los mosquitos empezaron a trompetear en tomo de su cabeza, pero él siguió adelante, sin detenerse. Al observar que se acentuaban las sombras bajo los sauces, comprendió que la tarde estaba muy avanzada. Empezó a temer haber tomado una dirección equivocada. Por fin, una faja de luz que vio a poca distancia hizo desaparecer su ansiedad y, después de atravesar a duras penas una manigua más espesa todavía, llegó a la orilla del río.