La Fuerza de la sangre
La Fuerza de la sangre Vióse ante una ancha y fangosa corriente, poco profunda, a cuya orilla opuesta aparecía otra vez la selva, que parecía una pared verde y amarilla. Le bastó una mirada para comprender la utilidad de poder cruzar por aquel punto. Por todas partes el agua pasaba rozando las arenas movedizas. En realidad, todo el lecho del río estaba formado por ellas e incluso era probable que en ninguna parte alcanzase el agua un pie de profundidad. No podría atravesarlo a nado, tampoco arrastrarse sobre la arena, e igualmente resultaría impracticable el paso cogido a un tronco flotante, porque cualquier cosa sólida que tocase aquella amarillenta arena sería sorbida, tragada por ella. Con objeto de probarlo, tomó una larga rama e inclinándose desde la alta orilla la hundió en la corriente. Cerca de tierra parecía no existir el fondo de las traidoras arenas movedizas. Por eso abandonó toda esperanza de cruzar el río. Sería probable también que en muchas millas de distancia y en cualquier dirección ocurriese lo mismo que allí. Pero antes de abandonar la orilla ató el sombrero a la rama y pudo apagar la sed. Luego se encaminó hacia una faja selvática en donde la relativa escasez de arbustos hacía más fácil el camino, y siguió a lo largo del río, aunque contra la corriente. Continuó andando hasta que la oscuridad no le permitió seguir adelante. Entonces buscó un espacio de tierra lo bastante grande para tenderse, y en cuanto lo halló se dejó caer en el suelo. Estaba allí de momento tan seguro como si se encontrara al otro lado del Rim Rock. Sentíase fatigado, aunque no exhausto, y a pesar del intenso dolor que experimentaba en el brazo, se quedó profundamente dormido.