La Fuerza de la sangre
La Fuerza de la sangre Quince o dieciocho millas dejó tras de sà Duane con toda la celeridad compatible con la resistencia de su caballo. Acortó luego el paso del animal, prosiguiendo la huida con más sosiego y menos temores. Pasó por varios ranchos y le vieron algunos hombres. Para evitar tal contingencia tomó un antiguo sendero a campo traviesa por una región llana sin más vegetación que unos mezquites raquÃticos y numerosas chumberas. A veces divisaba a gran distancia las formas azuladas de unos montes de poca altura. Con frecuencia habÃa cazado en aquella comarca y sabÃa dónde podrÃa encontrar agua y pasto para el caballo. Llegó a una altiplanicie, mas no se detuvo en el primer lugar que encontró propio para acampar, sino que continuó su camino. Una vez en la cumbre de una colina, pudo contemplar una gran extensión de terreno. TenÃa el mismo tono gris general que las tierras que acababa de atravesar. ParecÃa deseoso de contemplar dilatados espacios y hasta de poder atisbar, a lo lejos, la gran soledad que, sin duda, se hallaba mucho más allá, hacia el Sudoeste. A la puesta del sol, decidió acampar en un lugar que le pareció conveniente. Llevó el caballo a abrevar y luego buscó en lo hondo del valle un punto adecuado para pasar la noche. HabÃa pasado junto a varios sitios en donde ya habÃa acampado alguna vez y que conocÃa muy bien, pero que entonces no le parecieron agradables ni seguros. Por fin, encontró un lugar bien protegido y oculto, al amparo de unos espesos mezquites y robles y a no mucha distancia de su camino. Desensilló el caballo y le quitó la carga. Luego anduvo buscando unas maniotas entre sus efectos y observó que su tÃo no las habÃa puesto. Bien es verdad que él era poco aficionado a usarlas con ningún caballo, y menos aún con el que a la sazón llevaba. Cortó de su lazo un trozo de algunos pies de largo y lo utilizó para trabar las patas del animal, que, no acostumbrado a semejantes ligaduras, tuvo que ser acompañado del ronzal para poder pacer la hierba.