La Fuerza de la sangre
La Fuerza de la sangre La noche estaba muy iluminada por algunas hogueras. Una de ellas ardÃa en el extremo más lejano del risco, y otra a cien pasos de distancia. En aquella dirección, y hacia la manigua, se extendÃa un gran resplandor y Duane percibió un rugido que dominaba el rumor del viento, lo, cual le hizo suponer que sus perseguidores habÃan incendiado la selva. No creÃa que aquello les fuese muy útil ni que consiguiesen la rápida propagación del incendio. A pesar de la sequedad reinante, las plantas y los árboles estaban demasiado verdes para arder con facilidad. También notó que aquellos individuos debÃan de andar escasos de leña, pues alimentaban las hogueras con grasa y trastos viejos procedentes del pueblo. HabrÃa una docena de hombres haciendo guardia en el risco, a unos cincuenta pasos de distancia del lugar en que Duane estaba oculto por los sauces. Hablaban, bromeaban y cantaban, convencidos, sin duda, de que la caza de un forajido era una cosa muy divertida. Mientras duró el resplandor del incendio, Duane no se atrevió a moverse. Tuvo la paciencia y la resistencia necesarias para esperar la tormenta, y se dijo que en el caso de que ésta no llegase, aprovecharÃa los primeros momentos de la aurora, cuando el rÃo quedaba envuelto por la niebla.
La salvación estaba ya al alcance de su mano, lo comprendÃa perfectamente. Y una vez convencido de ello, esperó, dispuesto a resistir todo lo que pudiera aguantar un ser humano.