La Fuerza de la sangre
La Fuerza de la sangre Soplaba el viento a ráfagas, cada vez con mayor violencia, y empezó a rugir por entre los sauces, elevando a gran altura las encendidas chispas. Retumbó el trueno sobre el río y brillaron algunos relámpagos. A partir de aquel momento se abrieron las nubes y cayó una verdadera tromba de agua, pero no de un modo continuado. Los relámpagos y los truenos se sucedían sin interrupción, y Duane no quiso aventurarse a cruzar el río.
Seguramente la tempestad había hecho reforzar la vigilancia a sus perseguidores. Comprendió que debía esperar y así lo hizo resistiendo con entereza el dolor, los calambres y el frío. Por fin se alejó la tormenta como había llegado. Mientras tanto, había cerrado por completo la noche. Duane, tan pronto creía que se había quedado paralítico como sentía grandes molestias, torpeza y debilidad a consecuencia de su violenta posición. Al ver aparecer las primeras estrellas experimentó una alegría inmensa. Las observo con la mayor atención y una a una; luego las vio desvanecerse. Entonces una densa sombra se extendió sobre el río, espesándose por momentos. La hoguera que ardía en el risco se divisaba cómo a través de un espeso velo. Los hombres se habían convertido en unas figuras imprecisas y vagas.