La Fuerza de la sangre

La Fuerza de la sangre

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—Poco importa, Buck Duane, la impresión que me haya causado lo que usted dice. Justa o injustamente, le han acusado y pronto averiguaremos la verdad. Lo esencial es poder probar su inocencia o su culpabilidad. Mi hija Lucía vio al asesino de mi mujer.

Dicho esto, se volvió hacia los hombres y dijo:

—¡A ver, que vaya alguien!… ¡Ve a buscar a Lucía! Así averiguaremos la verdad.

Duane creía sufrir una horrible pesadilla. Las voces y los rostros de los que le rodeaban parecían hallarse muy lejos. Su vida pendía de un hilo. Sin embargo, esto le importaba mucho menos que el verse llamado asesino de mujeres, y temió que una niña asustada, y tal vez sugestionada, pudiese confirmar la acusación que le dirigían.

Se abrió el apretado grupo de gente y volvió a cerrarse. Duane divisó la confusa imagen de una niña que se agarraba a la mano de Sibert. No pudo verla con claridad. Aiken levantó a la niña y con acento cariñoso le dijo que no debía asustarse.

—Vamos a ver, Lucía, dime si has visto alguna vez a ese hombre —preguntó Aiken en voz baja y ronca—. Dime si es uno de los que entraron aquel día en casa, te golpearon y luego arrastraron a mamá…

La voz de Aiken se debilitó y cesó al fin.


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