La Fuerza de la sangre

La Fuerza de la sangre

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Con la rapidez de un relámpago se aclaró la confusa visión de Duane. Vio un rostro pálido y triste y unos horrorizados ojos azules fijos en él. Ninguno de los momentos más terribles de la vida de Duane igualó a aquél, que transcurría en medio de un silencio expectante.

—¡No es él! —exclamó la niña.

En vista de estas palabras, Sibert se apresuró a quitar el lazo que rodeaba el cuello de Duane y le desató también las ligaduras que sujetaban sus brazos.

Mientras tanto, la asombrada multitud empezó a proferir roncas exclamaciones.

—¡Así veréis, amigos, con cuánta facilidad se puede ahorcar a un inocente! —exclamó el cowboy haciendo silbar el extremo de la cuerda—. ¡Vaya unos guardias rurales que sois todos vosotros! ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja!

Después de poner en libertad a Duane, le devolvió el revólver que le habían quitado.

—Mira, Abe —añadió—, no hay duda de que creíste obrar bien, pero no vuelvas a cometer tales imprudencias. Además, muchachos, estoy seguro de que al pobre Duane le han atribuido una cantidad de crímenes de los que no es responsable. Ahora, marchaos todos. Usted, Duane, tiene el camino libre para salir de Shirley. ¿Dónde está su caballo?


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