La Fuerza de la sangre
La Fuerza de la sangre Sibert obligó a los curiosos a que abriesen paso, y condujo a Duane al lado de su caballo, que sostenÃa otro cowboy. Duane montó tranquilamente; alguien le ayudó. Entonces, el rostro del cowboy, de dura expresión, se suavizo al sonreÃr.
—Tal vez le parecerá a usted una descortesÃa —dijo—; pero conviene que se aleje cuanto antes.
Condujo de la brida al caballo hasta alejarlo de la multitud. Aiken fue a reunirse con él y entre los dos escoltaron a Duane, mientras atravesaba la plaza. La muchedumbre parecÃa inclinada a seguirles.
Aiken se detuvo, posando su enorme mano en la rodilla de Duane. En ella, y tal vez sin darse cuenta, sostenÃa aún el revólver.
—Debo decirle una cosa, Duane. Creo que no es usted tan malo como lo pintan. Me gustarÃa tener tiempo para decirle algo más. Pero le ruego que me conteste a una pregunta. ¿Conoce usted a Mac Nelly, capitán de la guardia rural?
—No —contestó Duane, sorprendido.