La Fuerza de la sangre

La Fuerza de la sangre

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—Hace cosa de una semana le vi en Fairfield —añadió Aiken con apresuramiento—. Él sostuvo que usted no había matado a mi mujer. Yo no lo creí y le contradije. Casi llegamos a pronunciar palabras desagradables por ese motivo. Y ahora…, ahora he de rogarle que me dispense usted. La última cosa que me dijo fue: «Si alguna vez ve usted a Duane, no lo mate. Mándelo a mi campamento, después de oscurecer». Desde luego, esto es algo raro, pero no puedo decirle a usted de qué se trata. Ahora, lo importante es que él tenía razón y que yo estaba equivocado. Si Lucía hubiese vacilado lo más mínimo, yo me habría apresurado a matarlo a usted. A pesar de todo, no le aconsejo que vaya al campamento de Mac Nelly. Tal vez sea una estratagema para apoderarse de usted, creyendo, de buena fe, que no hay indignidad en apoderarse de un forajido por medio de una traidora celada. Se lo advierto, para que viva usted prevenido. ¡Adiós; que el cielo le proteja como lo ha hecho hasta hoy!

Duane se despidió, tocando en seguida con las espuelas los ijares de su caballo.

—¡Adiós, Buck! —exclamó Sibert, sonriendo con una expresión de franqueza y cordialidad que transformaba su moreno rostro.


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