La Fuerza de la sangre
La Fuerza de la sangre Al hacerse esta pregunta, le pareció que un frío intenso le recorría las vanas. ¿Tan imperdonable había sido su pecado? Arrojó las últimas ramas de mezquites a las brasas encendidas. Tenía frío y, por una razón que ignoraba, sentía deseo de gozar de la luz. El negro círculo de tinieblas parecía pesar sobre él y condensarse a su alrededor. De pronto se irguió y quedóse inmóvil. ¡Había oído unos pasos! Detrás de él, no, mejor… a un lado. Allí había alguien. Echó mano al revólver. El contacto del frío acero le escalofrío. Esperó; pero nada interrumpió ya el silencio de aquella inmensa soledad llena de innumerables mezquites, que parecían murmurar quedamente al recibir el viento. No, era evidente; no había oído nada. Esta idea le devolvió la calma y le permitió volver a respirar con libertad.