La Fuerza de la sangre

La Fuerza de la sangre

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Decidió remontar un poco el río por dos motivos: la profundidad de su cauce era excesiva en aquellos parajes y sus orillas estaban formadas por arenas movedizas. Le repugnaba, además, atravesar una región en donde su sola presencia bastaría a indicar su condición de proscrito. Las tierras bajas, por donde el río se dirigía, serpenteando, hacia al Sudoeste, le parecían mucho más atractivas que las estepas que había atravesado. El resto de aquel día siguió avanzando rápidamente río arriba. A la puesta del sol penetró en una espesura de sauces y álamos, para pasar la noche. Creyó que en aquel lugar tan solitario podría sentir mayor tranquilidad y ánimo. Paro no fue así. Todas las sensaciones y todas las cosas que observó la noche anterior volvieron a presentársele con mayor viveza y con igual acento, intensidad y color.

Viajando y acampando alternativamente, empleó tres días más, durante los cuales cruzó numerosos caminos. En uno de ellos observó las huellas recientes de un rebaño de reses, probablemente robadas. Le quedaba todavía sal, pimienta, café y una buena cantidad de azúcar; pero sus demás provisiones se le habían agotado. En aquella selva había gamos, pero como no podía acercarse lo bastante para matarlos a tiros de revólver, tuvo que contentarse con un conejo. Comprendió que no tendría más remedio que acabar por resignarse con el duro destino que seguramente le aguardaba.


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