La Fuerza de la sangre
La Fuerza de la sangre Río arriba había un pueblo llamado Huntsville. Distaba un centenar de millas de Wellston y era bastante conocido en el sudoeste de Texas. Nunca había estado allí. Lo cierto era que la reputación de que gozaba aquel pueblo aconsejaba a los viajeros honrados dar un gran rodeo para no llegar a él. Duane llevaba bastante dinero y decidió visitar Huntsville, en caso de encontrarlo, con objeto de comprar algunas provisiones.
Al día siguiente, por la tarde, topó con un camino que, a su parecer, conducía al pueblo. Algunas huellas recientes de caballos, que descubrió en la arena, le dieron que pensar. Continuó, no obstante, avanzando, aunque con la mayor cautela. Poca distancia habría recorrido cuando a sus oídos llegó el ruido de cascos de caballo, que se aproximaban precipitadamente. Sonaban a su espalda. A la luz del crepúsculo, cada vez más débil, no podía ver a gran distancia. Pero las voces que pudo percibir le advirtieron que aquellos jinetes, quienquiera que fuesen, estaban más cerca de lo que a él le hubiese convenido. No había que pensar en proseguir por el mismo camino. Dio media vuelta, introduciéndose entre los mezquites, y se detuvo con la esperanza de que no le viesen ni le oyesen. Como era un fugitivo, parecíale que todo hombre tenía que ser su enemigo y perseguidor.