La Fuerza de la sangre
La Fuerza de la sangre Los jinetes se aproximaban rápidamente. Pronto se hallaron más allá del lugar en que estaba escondido Duane, aunque pasaron tan cerca de él, que pudo oÃr los crujidos de las sillas y el tintineo de las espuelas.
—Ha debido cruzar el rÃo más abajo —dijo uno.
—Me parece que tienes razón, Bill. Se nos ha escapado —replicó otro.
Eran guardias rurales que perseguÃan a un fugitivo. Aquello produjo a Duane una extraña emoción. Era imposible que le buscasen a él, pero la proximidad de los guardias le produjo la misma sensación que si hubiese sido el hombre cuyo rastro seguÃan. Contuvo el aliento y apretó fuertemente las mandÃbulas, mientras acariciaba a su caballo para evitar que relinchase.
De pronto, dióse cuenta de que los jinetes se habÃan detenido y hablaban en voz baja. Sólo pudo distinguir un grupo de color oscuro formado por unos hombres situados a corta distancia uno de otro. ¿Por qué se habrÃan detenido de aquel modo tan alarmante?
—Te equivocas, Bill —dijo uno en voz baja, aunque perceptible—. No puedes haber oÃdo el resuello de un caballo. Tu deseo de matar a ese cuatrero te hace oÃr y ver lo que no existe. Volvámonos a casa; es mejor.
—Bueno, pero antes registremos este arenoso terreno —contestó el individuo llamado Bill.