La Fuerza de la sangre

La Fuerza de la sangre

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Duane no esperó más. Habían encontrado su rastro. Espoleo al caballo, metiéndolo por entre los matorrales. Al primer salto del animal oyó unos gritos procedentes del camino, y luego unos tiros. Pasó una bala silbando junto a su oído. Aquellos tiros y la bala que le había rozado indignaron a Duane de tal modo, que a duras penas podía contener su cólera. Era preciso huir, aunque le parecía que poco le importaba ya lograrlo o no. Sentía violentos deseos de dar la cara y contestar a los disparos. Después de recorrer cosa de doscientos metros, se enderezó, apoyándose en el arzón de la silla. Hasta entonces había cabalgado con la cabeza baja a fin de evitar el choque de las ramas contra su cabeza. No era cosa fácil abrirse paso entre la espesura de los mezquites y de los álamos. Lo consiguió, sin embargo, tan bien y con tanto silencio, que, gradualmente, se alejó de sus perseguidores. Con la distancia, fue debilitándose el ruido que producían los caballos al moverse entre las ramas. Duane siguió guiando el suyo, prestando oído atento a la vez. Había logrado separarse bastante de los guardias. Éstos acamparían, con toda seguridad, hasta el día siguiente, y luego se pondrían a seguir sus huellas. Continuó avanzando con el caballo al paso, para examinar mejor el suelo, pues quería descubrir alguna trocha o vereda. En su impaciencia, le pareció que transcurría mucho rato en su inútil búsqueda. Una vez hallado el sendero, siguió por él hasta hora bastante avanzada y luego se metió de nuevo en el saucedal, en las cercanías del río; después de atar el caballo a una estaca, se tendió para descansar. Pero no durmió. Su mente pensaba con amargura en su destino. Hizo esfuerzos para pensar en otras cosas, pero fue en vano. A cada momento esperaba aquella sensación helada y de soledad absoluta, que le anunciaba una extraña visita; las luces y sombras imaginarias de la noche le presagiaban la aparición de Cal Bain. Con gran tesón, se esforzó Duane por apartar de sí el temido fantasma. Siguió diciéndose que todo aquello era hijo de la imaginación y que, con el tiempo, acabaría por desaparecer. Su corazón, sin embargo, le hablaba de muy distinta manera. Mas no quiso ceder ni aceptar como una realidad el fantasma de su víctima.


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