La Fuerza de la sangre
La Fuerza de la sangre Al rayar la aurora estaba de nuevo a caballo, en dirección del rÃo. Tras media hora de marcha llegó a un denso chaparral en el que habÃa algunos sauces. Lo atravesó para llegar, por fin, a un vado de fondo arenoso y, por consiguiente, fácil de cruzar. Una vez en la orilla opuesta, volvió a asir las riendas de su caballo, mirando atrás con expresión siniestra. La gravedad de su situación presentábasele con inmensa claridad. Voluntariamente habÃa buscado el refugio de los forajidos y hallábase ya más allá del lÃmite de la sociedad civilizada. Mientras espoleaba a su caballo para que penetrase en la espesura de aquella orilla enemiga, asomó a sus labios una blasfemia cie desesperación.
Después de recorrer veinte millas sin preocuparse gran cosa del cansancio de su caballo, y sin fijarse tampoco en si dejaba o no huellas claras de su paso, se volvió murmurando:
—¡Que me persigan! ¡Que me persigan, si se atreven!