La Fuerza de la sangre
La Fuerza de la sangre Cuando el calor del día empezó a ser angustioso y se hicieron sentir el hambre y la sed, Duane empezó a buscar un lugar apropiado para detenerse durante las horas del sol fuerte. El sendero conducía a un camino endurecido y alisado por el tránsito del ganado. Ya no dudó de que acababa de llegar a uno de los caminos usados por los bandidos de la frontera. Se aventuró por él y, apenas había recorrido una milla, cuando, en una curva, se vio frente a un solo jinete que marchaba en dirección contraria a la suya. Los dos hombres hicieron dar media vuelta rápida a sus caballos y se dispusieron a huir y a disparar sus armas. Separábalos una distancia no mayor de cien pasos. Luego quedáronse contemplando uno a otro durante algunos minutos.
—Buenos días, amigo —dijo el desconocido soltando el revólver.
—Muy buenos —contestó secamente Duane.
Avanzaron los dos, acortando así la distancia que les separaba, y volvieron a detenerse.
—Ya veo que no es usted guardia rural —dijo el jinete—, y, por mi parte, le aseguro que tampoco lo soy.
Y se echó a reír a carcajadas, cual si hubiese dicho una agudeza.
—Y, ¿cómo sabe usted que no soy guardia rural? —preguntó Duane con la mayor curiosidad.