La Fuerza de la sangre
La Fuerza de la sangre A su vez, también habÃa adivinado que aquel jinete no era agente de la autoridad, ni siquiera un vaquero que siguiese la pista del ganado robado.
—Muy sencillo —contestó el jinete haciendo andar unos pasos a su caballo—. Un guardia rural nunca se dispondrÃa a huir de otro hombre.
Se echó a reÃr de nuevo. Era un hombre pequeñito, flaco pero vigoroso; vestÃa bastante mal, iba armado hasta los dientes y montaba un hermoso caballo bayo. TenÃa los ojos pardos, vivos y perspicaces, a la vez francos y atrevidos, y el rostro, rudo y bronceado. Resultaba evidente que aquel hombre era un malhechor, aunque no de los peores.
Asà lo, comprendió Duane inmediatamente, admirando la sagacidad de un hombre que tan pronto habÃa adivinado que él era un fugitivo.
—Me llamo Lucas Stevens y vengo del rÃo. Y usted, ¿quién es? —preguntó el desconocido.
Duane guardó silencio.
—Casi tengo la seguridad de que es usted Buck Duane —continuó diciendo Stevens—. Me han dicho que, con un revólver en la mano, es usted peligroso.