La Fuerza de la sangre
La Fuerza de la sangre —Como sea. Es preciso comer. Si no hay otro remedio, puede uno prescindir del whisky, pero no se puede vivir sin comer. Eso es lo que hace tan molesto el viajar por estos lugares, huyendo de la propia sombra. Ahora me dirijo a Mercer. Es una aldehuela que hay rÃo arriba. Veré si puedo encontrar algunas provisiones.
El tono de Stevens era cordial en extremo. Se veÃa que estaba dispuesto a aceptar la compañÃa de Duane, aunque no lo manifestase abiertamente. Pero el joven guardaba silencio y, en vista de ello, Stevens añadió:
—Sepa usted, amigo, que, en este paÃs, dos personas son mucha gente. Además, la seguridad es mucho mayor yendo acompañado. A mà no me ha gustado mucho el papel de lobo solitario, pero me he resignado a él cuantas veces ha sido menester. Resulta muy fastidioso viajar solo. Y, por mi parte, estaba ya tan aburrido, que incluso deseaba toparme con algún guardia rural para que me prendiese. Siempre he deseado tener un compañero. Es posible que usted no se sienta inclinado a serlo mÃo; por mi parte, no quiero pedÃrselo; pero aceptarÃa muy satisfecho su compañÃa, si usted me la ofreciera.
—¿Es posible? ¿Le gustarÃa a usted que yo le acompañase? —preguntó Duane.
—¡Ya lo creo! —contestó Stevens sonriendo—. Me sentirÃa orgulloso yendo en compañÃa de un hombre de su fama.