La Fuerza de la sangre
La Fuerza de la sangre A Duane le pareció que la joven acaso habrÃa descubierto ya lo mismo que él empezaba a sospechar, o sea que su padre y Lawson no eran los honrados granjeros que fingÃan ser. Quizá sabÃa más aún. La súplica que ella le dirigió le conmovió en extremo. Por su parte, deseó con toda el alma ayudarla, y, al mismo tiempo, la dulce emoción que sintió al oÃr las palabras de la joven le demostró lo peligroso de la situación en que se hallaba.
—Debo ser fiel a mi deber —dijo con voz ronca.
—Si usted me conociese mejor, sabrÃa que nunca le pediré que falte a él.
—Pues, siendo asÃ, no tengo inconveniente en hacer cuanto pueda en su obsequio.
—¡Oh, gracias! ¡Me avergüenza haber creÃdo a mà primo Floyd! Él mintió, mintió descaradamente. Y ahora tengo la impresión de estar envuelta en tinieblas, en una situación verdaderamente apurada. Mi padre desea que yo regrese a nuestra casa y, en cambio, Floyd se esfuerza en retenerme aquÃ. Sé que han tenido una gran disputa entre ellos. ¡Oh, presiento que ya a ocurrir algo espantoso! Y comprendo que necesitaré el auxilio de usted si… si… ¿Querrá ayudarme?
—Sà —contestó Duane.
Y la mirada que, al mismo tiempo, le dirigió, hizo ruborizar a la joven.