La Fuerza de la sangre

La Fuerza de la sangre

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Duane no acabó la frase, pero dio un paso hacia la puerta. Ella, muy pálida y sombría, le asió del brazo para contenerle. La joven era tan fuerte y ágil como una pantera, pero en aquellos momentos no tenía necesidad de una cosa ni de otra, porque la presión de su mano fue suficiente para vencer la resistencia de Duane.

—¿Aún estás despierta, Ray? —preguntó en aquel momento la clara voz de Longstreth, aunque demasiado tranquila para ser natural.

—Sí, estaba leyendo. Buenas noches —replico en seguida la señorita Longstreth con voz tan natural, que Duane se maravilló ante la diferencia que existía entre un hombre y una mujer. Luego ella hizo seña a Duane para que se ocultase en el cuartito ropero. Él obedeció, pero la puerta no acababa de cerrarse por entero.

—¿Estás sola? —continuo diciendo la penetrante voz de Longstreth.

—Sí —contesto—. Ruth se ha acostado ya.

Entonces se abrió un poco la puerta y apareció Longstreth, desencajado, con los ojos inyectados en sangre. A, su espalda, Duane vio a Lawson y, con menos claridad a otro hombre.

Longstreth impidió la entrada a Lawson, con un movimiento que demostraba gran dominio de sí y la mayor desconfianza. Deseaba registrar la habitación y en cuanto hubo dado un vistazo a su alrededor salió y cerró la puerta.


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