La Fuerza de la sangre
La Fuerza de la sangre Tal vez una hora después de la marcha del mensajero, Fletcher pareció haber adoptado alguna decisión y pidió su caballo. Luego se dirigió a su cabaña, pero no tardó en volver. Duane se dijo que aquel bandido estaba dispuesto de igual modo a marcharse y a pelear. Dio órdenes a los hombres que quedaban allí para que no se separaran y le esperasen. Hecho esto, monto a caballo.
—¡Ven, Juan! —exclamo.
Duane se acercó a él y apoyo la mano en la perilla de la silla de montar. Fletcher llevaba a su caballo de la brida; Duane iba a su lado; pero cuando llegaron al puente de troncos se detuvo.
—Juan, estoy en mala situación con Knell —dijo—. Además, soy, al parecer, la causa de la tirantez de relaciones entre Knell y Poggin. Knell no me ha querido nunca gran cosa, pero Poggin siempre se ha portado bien conmigo. Ahora el jefe tiene un proyecto muy importante que se ha aplazado precisamente debido a esa tirantez. El jefe espera en la montaña a Knell o a Poggin para darles órdenes, pero ninguno de ellos ha comparecido todavía. Resulta, pues, que yo soy la causa de todo y no estoy muy tranquilo acerca de lo que pueda ocurrir.
—Pero ¿qué pasa, Jim? —pregunto Duane.