La Fuerza de la sangre

La Fuerza de la sangre

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Pero un día advirtió síntomas de que iba a alterarse la tranquilidad y a terminar la espera de aquellos individuos que se hallaban en Ord. Llegó un mensajero, desconocido de Duane, con una misión secreta de la que había de tratar con Fletcher. Una vez realizada, se marchó, dejando a Fletcher pensativo, preocupado y deseoso de emprender solitarios paseos. Bebía muy poco y aquello sólo era ya algo asombroso. El mensajero volvió a presentarse y cualesquiera que fuesen las órdenes que había de transmitir, no se podía dudar de que ejercieron un efecto extraordinario en el bandido. Duane, que se hallaba en la taberna en el momento de llegar el mensajero, pudo observar que pronunciaba en voz baja algunas palabras, pero no logró enterarse de ellas. Fletcher palideció de cólera o de miedo, quizá de ambas cosas, y empezó a blasfemar como un endemoniado. El mensajero era un hombre esbelto, moreno, excelente jinete, que recordó a Duane el cowboy Guthrie; salió de la taberna sin haber tomado siquiera una copa y se fue hacia el oeste. Aquella dirección atraía a Duane igual que la del sur y más allá del monte Ord. ¿Dónde estarían Knell y Poggin? Al parecer, no se hallaban en la montaña en compañía de su jefe. Después de la segunda visita del emisario, Fletcher quedó silencioso y malhumorado. Había variado tanto, que Duane se alarmó. Fletcher era hombre peligroso. Evidentemente, los demás forajidos del campamento le temían y procuraban apartarse de su camino. Duane lo dejó solo, aunque, por otra parte, lo vigiló cuidadosamente.


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