La Fuerza de la sangre
La Fuerza de la sangre Duane tenÃa la misma opinión y por eso no se molestó en mirar hacia atrás. Galopaba delante de su compañero y podÃa oÃr perfectamente la rápida carrera de un caballo a su espalda, lo que le demostraba que Stevens le seguÃa de cerca. A la puesta del sol llegaron al rÃo y al saucedal. El caballo de Duane estaba ya sin aliento, cubierto de sudor y de espuma. Pero hasta que hubieron cruzado la corriente no pudo dar descanso al pobre animal. Stevens seguÃa cabalgando a lo largo de la arenosa orilla. De pronto se tambaleó. Entonces, profiriendo una exclamación de sorpresa, Duane echó pie a tierra y corrió al lado de su compañero.
Éste estaba enormemente pálido y tenÃa el rostro cubierto de grandes gotas de sudor. Además, la pechera de la camisa estaba teñida en sangre.
—¿Está usted herido? —exclamó Duane.
—SÃ, señor; lo estoy. Haga el favor de ayudarme a descargar este fardo.
Duane levantó el pesado bulto, que dejó en el suelo, y luego ayudó a Stevens a desmontar. El proscrito tenÃa los labios cubiertos de espuma rojiza y, además, escupÃa sangre.
—Pero ¿por qué no me lo decÃa antes? —exclamó Duane—. ¿Cómo me habÃa de figurar esto? Al parecer estaba usted perfectamente.