La Fuerza de la sangre
La Fuerza de la sangre En el camino, a lo lejos, descubrió una nube de polvo y, poco después, vió un caballo bayo que se acercaba al galope. Al parecer, Stevens no había sido herido por ninguno de los disparos, porque se sostenía muy bien sobre la silla, demostrando ser un formidable jinete. En el arzón delantero llevaba un voluminoso envoltorio y tenía la cabeza vuelta para mirar hacia atrás. Habían cesado ya los disparos, pero, en cambio, aumentaron los gritos. Duane vio correr a varios hombres que, al mismo tiempo, agitaban los brazos. Luego espoleó al caballo, con objeto de echar a correr para no quedarse detrás de Stevens.
En aquel momento, el fugitivo se reunió con él. Sonreía, pero sus ojos denotaban la inquietud que le poseía. Su rostro estaba, además, algo más pálido que de costumbre.
—Apenas salí de la tienda —grito Stevens— tropecé con un ranchero… que me conocía. Y, sin malgastar palabras, empezó a disparar su fusil. Supongo que nos perseguirán.
Recorrieron varias millas sin apreciar síntomas de persecución; mas al descubrir algunos jinetes que salían de entre unos álamos, Duane y su compañero aceleraron todo lo posible la velocidad de sus cabalgaduras.
—Poco han de preocuparnos esos jinetes —dijo Stevens.