La Fuerza de la sangre
La Fuerza de la sangre —Pues yo le daré lo necesario para comprar provisiones —replicó Duane—. Y también para whisky, siempre y cuando me prometa volver en seguida, evitando disgustos.
—No hay duda de que es usted un excelente compañero —declaró Stevens, admirado, mientras tomaba el dinero—. Le doy mi palabra, Buck, y le aseguro que nunca he faltado a ella. Ahora, pues, ocúltese y tenga la certeza de que volveré muy pronto.
Dicho esto, espoleó a su caballo y salió de entre los mezquites en dirección a la ciudad. A un cuarto de milla, Mercer no parecÃa ser más que un pequeño grupo de casitas de adobe construidas en una alameda. En los campos de alfalfa pacÃan algunos caballos y otras cabezas de ganado. Duane vio también a un pastor que guiaba un escuálido rebaño.
En aquel momento, Stevens se perdió de vista, al internarse en la población. Duane espero, confiado en que el proscrito cumplirÃa su promesa. Tal vez no habrÃa transcurrido un cuarto de hora, cuando pudo oÃr claramente los disparos de un fusil Winchester, el golpeteo rápido de los cascos de un caballo sobre el duro suelo y unos gritos que indicaban peligro para un hombre como Stevens. Duane se apresuró a montar y se dirigió al lindero de los mezquites.