La Fuerza de la sangre

La Fuerza de la sangre

Capítulo III

Aquel día, dos horas antes de ponerse el sol, Duane y Stevens, después de dejar descansar a sus caballos a la sombra de unos mezquites, a corta distancia de Mercer, volvieron a ensillarlos y se prepararon a continuar el camino.

—Como vamos en busca de provisiones y no de jaleo, Buck, creo que lo mejor sería que se quedase usted por aquí —dijo Stevens mientras montaba a caballo—. Ya sabe usted que, en los pueblos, los sheriffs y los guardias rurales nunca pierden de vista a los forasteros. Muchas veces olvidan a los antiguos, a excepción de los más peligrosos. En Mercer nadie se fijará ya en mí. Hay que tener en cuenta que, por lo menos, un millar de hombres habrán venido a esta orilla del río huyendo de la justicia. Es posible que mi pecado continué persiguiéndome, a pesar de mis buenas intenciones. Y en tal caso no hay duda de que…

Hizo una pausa muy significativa. Sonrió y sus pardos ojos miraron con alegre ironía.

—¿Tiene usted dinero, Stevens? —pregunto Duane.

—¿Dinero? —exclamó Lucas, muy asombrado—. Mire, no tengo ni un centavo desde…, en fin, desde hace bastante tiempo.


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