La Fuerza de la sangre
La Fuerza de la sangre Cesó su retadora y ronca voz y Knell dio un paso atrás, apartándose del camarada a quien odiaba. Estaba bañado en sudor, tembloroso, desencajado; pero tenÃa un aspecto magnÃfico.
—¿Te acuerdas de Hardin, Buck Duane? —preguntó con voz apenas audible.
—Sà —contestó Buck Duane, comprendiendo en aquel momento la razón de la conducta de Knell.
—Fuiste a su encuentro… le obligaste a empuñar el revólver… y le mataste.
—SÃ.
—Pues sabe que Hardin fue el mejor compañero que he tenido.
Después de pronunciar estas palabras, rechinaron sus dientes y apretó fuertemente los labios.
En la sala reino un silencio expectante. Incluso habÃa cesado la respiración de los que en ella estaban. En aquel largo momento de silencio, el cuerpo de Knell ceso de temblar. Se inclinó un poco, mientras sus ojos llameaban.
Duane los observaba. Esperó. Sorprendió el pensamiento de aquel hombre y se fijó en la rigidez de sus músculos… Entonces sacó rápidamente el revólver.
A través del humo despedido por el arma vio dos rojas llamaradas. Las balas de Knell fueron a incrustarse en el techo. Knell cayó profiriendo un grito de agonÃa.