La Fuerza de la sangre

La Fuerza de la sangre

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—Es preciso que cobre usted ánimo —le dijo éste—. Yo temía que esto la arruinara a usted. Su padre ha salido con vida y podrá seguir viviendo. Tengo la seguridad de poder prometerle que le devolverán la libertad. Quizás, una vez esté de nuevo en Louisiana, no se llegará a conocer la vida deshonrosa que ha llevado aquí. Esta región está muy lejos de su antigua casa solariega. Y aun en San Antonio y en Austin tiene muy poca importancia la mala reputación de un hombre. Además, es difícil, en nuestros tiempos y en esta región, trazar una línea que separe al ranchero del ladrón de ganado. Más de una vez he oído decir a un conocido ranchero que todos los ganaderos han robado un poco. Su padre llegó aquí, se estableció y, como otros muchos, tuvo éxito. No sería justo examinar su conducta de acuerdo con las leyes y las costumbres de un país civilizado. Luego, por una u otra razón, frecuentó el trato de unos malvados y quizás el respeto a su propia palabra le ató más de una vez las manos. Muchos asuntos referentes a tierras, a aguas y a algunas cabezas de ganado extraviadas se decidían lejos del tribunal y estoy seguro de que él mismo no llegó a darse cuenta de las faltas que cometía. Unas arrastraban u las otras y, por fin, se vio metido en negocios que sin ninguna duda podían calificarse de criminales. Para protegerse, se rodeó de los hombres que le auxiliaban, y así nació la banda de forajidos. Otras muchas, también poderosas, se han desarrollado del mismo modo. Él no pudo luego dominar ya a sus hombres y se vio ligado a ellos, de manera que sin negocios fueron cada vez menos honrados. Eso había de tener como resultado inevitable el derramamiento de sangre, y su padre se convirtió en jefe, por ser el más poderoso. Cualesquiera que sean los cargos que se le hagan ahora, yo creo que podría haber sido un hombre infinitamente peor.


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