La Fuerza de la sangre
La Fuerza de la sangre De pronto entró una joven de elevada estatura, vestida de blanco, y sus negros ojos estaban cubiertos de lágrimas, a pesar de que le miraban con intensa alegría. Acompañaba a una señora anciana de cabellos blancos, semblante austero, sombrío y triste. ¡Su madre! Parecía estar débil y quebrantada, pero avanzaba muy erguida. Estaba pálida y temblorosa, mas conservaba toda su arrogante dignidad.
La joven vestida de blanco profirió un leve grito y se arrodilló junto a su lecho. Su madre, mientras tanto, abrió los brazos y exclamó.
—¿Quién es este hombre? ¡Oh, no me han devuelta a mi hijo! ¡Este hombre es su padre! ¿Dónde está mi hijo? ¡Hijo mío…! ¡Oh hijo mío!