La Fuerza de la sangre
La Fuerza de la sangre —No creo que haga usted buenas migas con Bland.
Es usted demasiado apuesto y guapo para resultar simpático al jefe, porque es muy celoso y tiene varias mujeres en su campamento. Su habilidad en el manejo del revólver no es tampoco ninguna buena recomendación, para él. Bland no es ningún tonto y, además, tiene mucho apego a la vida, por cuyo motivo le preparará astutas emboscadas. Por estas razones, si resuelve no vivir solo, más: le valdrá unirse con cualquiera de las otras dos cuadrillas.
Con estas palabras, Stevens terminó, al parecer, sus consejos y recomendaciones. Cerró los ojos y permaneció un buen rato en silencio. Mientras tanto, el sol aumentaba la intensidad de sus rayos y la brisa hacía oscilar las ramas de los mezquites; los pájaros fueron a tomar sus baños matinales en la pequeña corriente; Duane dormitaba cómodamente recostado contra una roca, despertándose de cuando en cuando. Luego, Stevens volvió a hablar, pero en tono algo distinto.
—Mi agresor se llama Brown —dijo—. Disputamos a causa de un caballo que le robe… en Huntsville. Él lo había robado primero. Brown es uno de los que obran siempre con disimulo, que temen hacer las cosas a cara descubierta y que fingen una honradez de la que carecen. Oiga, Buck, es muy posible que algún día encuentre a ese Brown. Usted y yo somos ahora compañeros…