La Fuerza de la sangre
La Fuerza de la sangre De pronto, el sendero fue adquiriendo la anchura de una carretera, hasta formar una especie de plaza, limitada por cierto número de rústicas construcciones de ladrillo y troncos. Allà pudo ver caballos, perros, un par de novillos, mujeres mejicanas con sus hijitos, y hombres blancos; pero lo más raro era que toda aquella gente parecÃa no dedicarse a cosa alguna. Su llegada no suscitó interés, hasta que se acercó a los hombres blancos que mataban el tiempo a la sombra de una casa. Ésta era, sin duda, a la vez tienda y garito, y desde el interior llegó a sus oÃdos el perezoso zumbido de unas voces.
Cuando Duane detuvo sus dos caballos y se disponÃa a echar pie a tierra, uno de los curiosos dijo a voces:
—¡Asà me muera si no es ése el caballo de Lucas!
Estas palabras suscitaron el interés incluso de los escépticos, levantándose todos para acercarse a Duane.
—¿Qué te parece, Euchre? ¿No es el bayo de Lucas? —preguntó el primero.
—No cabe la menor duda —replicó el individuo llamado Euchre.
—Hay que confesar que Bosomer tiene buena nariz —dijo otro, riéndose.