La Fuerza de la sangre
La Fuerza de la sangre El sendero era tan empinado, que resultaba imposible bajar despacio. Él iba delante, seguido de los dos caballos, a cuyas pisadas caían las piedras rodando hacia el abismo. Pronto llegaron al valle, penetrando en él por el extremo de la cuña. Allí surgía de las rocas una corriente de agua clara, gran parte de la cual llenaba luego unas zanjas destinadas a la irrigación del valle. Los caballos calmaron la ardiente sed y, mientras tanto, Duane bebió también con la delicia y avidez propias del viajero del desierto que encuentra un manantial de agua pura. Volvió a montar luego a caballo y empezó a bajar por el valle, preguntándose qué acogida hallaría si encontraba a alguien.
El valle era mucho más ancho de lo que parecía desde lo alto. Gran sorpresa causó a Duane ver lo bien regada que estaba la abundante hierba, los muchos árboles que había y los inteligentes métodos de su cultivo. Por doquier veíanse caballos y reses. Las casitas de ladrillo estaban circundadas de álamos. Duane vio a unos mejicanos que trabajaban en los campos y también algunos jinetes que iban de un lado a otro. De pronto pasó por delante de una casa, mayor que las demás, que se distinguía de las otras por su gran soportal. Una mujer, que le pareció joven y bonita, quedóse observándole desde la puerta. Pero nadie más llegó a darse cuenta de su presencia.