La Fuerza de la sangre
La Fuerza de la sangre Dos días después, Duane, a eso de media tarde, hizo subir a los dos caballos la última pendiente de una senda en extremo abrupta y se encontró en lo alto de Rim Rock, desde donde pudo ver, a sus pies, un hermoso y verdeante valle, cruzado por el amarillo y perezoso Río Grande, que brillaba a la luz del sol, así como también la enorme y solitaria estepa montañosa de Méjico, que se extendía hacia el sur.
No había topado con ningún viajero. Tomó los caminos que le parecieron mejores. No tenía la más ligera idea del lugar a que le condujeron, a excepción de que allí estaba el río y, probablemente, en aquel cerrado valle se hallaría la guarida de algún famoso bandolero.
No era de extrañar que los facinerosos viviesen seguros en aquel selvático refugio. Duane empleó los dos últimos días en ascender por el sendero más escarpado y difícil que viera en toda su vida. Luego, al contemplar el descenso que le esperaba, díjose que aquello sería lo más penoso de su viaje. Con toda probabilidad tendría que bajar coca de seiscientos metros para llegar al río. El valle, cubierto de alfalfa y de álamos, tenía forma de cuña y estaba limitado por desnudas paredes de amarilla roca. Resultaba delicioso y encantador para sus ojos fatigados, y deseoso de descender hasta allá y de encontrar un lugar en que poder entregarse al descanso, Duane no se detuvo a contemplarlo.