La Fuerza de la sangre
La Fuerza de la sangre De pronto se irguió. Sin darse cuenta había empuñado el revólver. Y en pie como estaba, con la brillante y fría arma en la mano, la contempló consternado. ¿Por qué la empuñó? Con dificultad repasó sus pensamientos, pero no pudo hallar ninguno que explicase su acto. Descubrió, sin embargó, que tenía una notable tendencia a dejar caer la mano hacia la pistolera. Esto podría deberse a la costumbre y a la larga práctica en empuñar y disparar el revólver. De igual modo podía obedecer, también, a alguna sensación sutil que no merecía por completo el nombre de idea o pensamiento, y que se relacionaba, de un modo íntimo e inevitable, consigo mismo y con el arma. Se asombró al observar que, a pesar de la cólera que sentía contra su destino, tenía más deseos que nunca de vivir. De haberse hallado en una situación desgraciada, pero sin que nadie quisiera encarcelarlo o quitarle la vida, aquella pasión ardiente que le impulsaba a salvarse no habría sido tan poderosa. Era cierto que la vida no le ofrecía ningún futuro alegre. Ya empezaba a desesperar de que algún día le fuese posible volver a su casa. En cambio, el entregarse como un cobarde, permitir que lo esposaran y lo encarcelasen, huir de un cowboy borracho y fanfarrón, o dejar que algún bandido de la frontera le pegase un tiro a sangre fría, con el único objeto de poder añadir una muesca a la culata de su revólver… todas aquellas cosas eran imposibles para Duane, que poseía un temperamento luchador. En aquella hora, solamente se rindió al destino, al espíritu que acababa de nacer en él. En adelante, aquel revólver formaría parte de su propia vida. Y de nuevo reanudó una práctica que hacía tiempo había olvidado: la de sacar el arma con rapidez. Aquello era ya una ocupación seria, importantísima, de la que podía depender su propia vida. No necesitaba practicar el tiro, porque su habilidad en dar en el blanco era un don natural en él y estaba seguro de su precisión. Sin embargo, aún podía mejorar y aumentar la rapidez en empuñar el arma, esforzándose en adquirir la máxima celeridad posible. Alternativamente se detuvo en su paseo, lo continuó, se sentó, se tendió luego y hasta adoptó las posiciones más incómodas; en cada una de ellas se esforzó en empuñar rápidamente el arma y no cesó en aquel ejercicio hasta que se halló fatigado, con el brazo dolorido y la mano ardiente. Decidió continuar tal práctica todos los días y se dijo que ello le ayudaría a entretener el tiempo.