La Fuerza de la sangre
La Fuerza de la sangre Duane experimentó cierto placer al darse cuenta de que se había despertado su interés. Sentía gran curiosidad por Bland y su cuadrilla, y se alegraba de tener algo en que pensar. Con gran frecuencia era víctima de una sensación muy desagradable, que casi le resultaba dolorosa. Deseaba olvidar y en la siguiente media hora lo consiguió y hasta con gusto ayudó a preparar la comida. Euchre, después de fregar y colgar en la pared varios utensilios de cocina, se puso el sombrero y dio media vuelta para salir.
—Venga conmigo, o quédese, como prefiera —dijo a Duane.
—Me quedaré —contestó el joven.
El viejo forajido salió de la casa y se alejó silbando alegremente.
Duane miro a su alrededor en busca de un libro, de un periódico o de algo para leer; pero todo lo que pudo hallar consistía solamente en algunas palabras impresas en las cajas de cartuchos y un anuncio que había en la parte posterior de una bolsa de tabaco. No tenía, pues, nada en que ocuparse. Había descansado y no quería tenderse de nuevo. Empezó a ir de un lado a otro, recorriendo la estancia en toda su longitud, y, mientras lo hacía, volvió a sumirse, de acuerdo con la costumbre últimamente adquirida, en tristes reflexiones acerca de su desgracia.