La Fuerza de la sangre
La Fuerza de la sangre Cuando Duane salió con Euchre, el sol se ponía ya detrás de la azulada cordillera que había al otro lado del río, que pertenecía ya a Méjico. El valle parecía ensancharse en dirección sudoeste. La escena era apacible y hermosa sobre toda ponderación. En alguna casa cercana cantaba una mujer. Y en el camino, Duane vio a un niño mejicano que conducía unas vacas, una de las cuales llevaba un cencerro. ¡La dulce y alegre voz de una mujer y el silbido de un niño! Todo aquello parecía pertenecer a otro ambiente, no era propio de tal lugar.
Euchre le condujo a la plaza y a la fila de toscas casas que Duane recordaba. Piso casi el mismo punto en que Bosomer le desafió y este recuerdo le encolerizó de un modo raro, que no acababa de comprender.
—Vamos a entrar ahí —dijo Euchre.
Duane tuvo que inclinar la cabeza al atravesar la puerta. Vióse en una sala muy grande, de paredes de adobe y el tejado cubierto de ramas. Había numerosos y toscos bancos, mesas y asientos individuales. En una esquina veíase gran cantidad de barrilitos y barriles, uno al lado del otro, sobre los caballetes. Un niño mejicano encendía las lámparas colgadas de los postes que sostenían las vigas del tejado.