La Heroína de Fort Henry

La Heroína de Fort Henry

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Al cabo de dos horas llegó a la orilla de un arroyo poco profundo, cuyas murmurantes aguas se deslazaban suaves sobre las piedras cubiertas de verde musgo. El bosque era allí espesísimo; los corpulentos robles y los altos álamos sobrepasaban la cima de las hayas; los parrales silvestres se enroscaban en los viejos troncos como serpientes gigantescas hasta llegar a las ramas superiores, con las cuales formaban un espeso tejido impenetrable para los rayos del sol; las madreselvas y los laureles se entrelazaban caprichosamente; viejos monarcas de la selva, caídos al fiero azote de alguna tempestad, yacían medio carcomidos en aquellos parajes abruptos, y en algunos lugares, las ramas tronchadas por el viento eran tan espesas que hacían imposible adelantar un paso más.

Isaac titubeó un momento al darse cuenta de que quizá se había internado demasiado en la Selva Negra. El paraje era sombrío; reinaba en él la más profunda calma, aquella calma del desierto, sólo interrumpida de vez en cuando por el canto lejano del tordo ermitaño, aquel pájaro cuyo grito solitario, dado sólo a largos intervalos, aumentaba el misterio de aquellos lugares.

A pesar de que Isaac no había visto ninguno de aquellos pájaros, aquel grito le era familiar, no obstante y no dejarse oír más que en las profundidades de los bosques, lejos de los lugares frecuentados por el hombre.


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