La Heroína de Fort Henry

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Una ardilla negra se deslizó desde la cima de un árbol, y al ver al cazador huyó precipitadamente, alarmada. Isaac conocía bien las costumbres de estas ardillas; eran animales que sólo habitaban los bosques alejados de toda civilización, y su presencia y el canto del ermitaño fue lo que le detuvo un momento para reflexionar. Fue entonces cuando advirtió que se había alejado del fuerte más de lo que se proponía, y ya se disponía a volver sobre sus pasos cuando un leve ruido procedente de la hondonada llegó a sus agudos oídos. Ningún instinto le advirtió de que una cara horriblemente pintada había aparecido entre las ramas de un laurel, a su izquierda, y que unos ojos vivos y penetrantes espiaban todos sus movimientos.

Inconsciente, e incapaz de evitar todo mal, Isaac se paró y miró a su alrededor; de pronto, a través del murmullo de las aguas del arroyo y del roce de la brisa, por entre las hojas, percibió nuevamente el ruido que le llamara la atención. Se agachó junto al trono de un árbol y aguzó el oído. Todo permaneció tranquilo por unos momentos.

Después oyó las pisadas de unos pequeños cascos que iban acercándose poco a poco por el lado del arroyo, unas veces casi imperceptiblemente, otras veces perfectamente claras. Luego, el chapoteo en el agua y el ruido de unas patas entre los guijarros, hasta que, por fin, cesó todo ruido.


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