La Heroína de Fort Henry
La Heroína de Fort Henry Y se desplomó en brazos de sus camaradas, quienes lo depositaron cuidadosamente en el suelo. Un temblor convulsivo estremeció la figura gigantesca del guerrero; después levantó un brazo y agitó nerviosamente sus dedos en el aire como si quisiera agarrarse a la vida que se le escapaba.
Isaac vio la sombría luz de los ojos del moribundo, la palidez de la muerte extenderse por su faz, y desvió su mirada para no ver lo doloroso del espectáculo. Cuando volvió a mirar, la majestuosa figura del guerrero yacía inerte.
La luna, asomándose por entre unos nubarrones, extendió su pálida luz sobre la pequeña cañada y alumbró a los cuatro indios que cavaban una fosa al pie de un roble. Todos hincaban silenciosamente sus tomahawks en la tierra blanda y pronto su tarea estuvo terminada. Un lecho de musgos y helechos forró la última morada del jefe; sus armas fueron colocadas a su lado para que con ellas pudiera ir a la Tierra Feliz de la Caza, la eterna mansión de los pieles rojas, en donde brillará siempre el sol con todo su esplendor y en donde se verán para siempre libres de sus crueles enemigos blancos.
Cuando la fosa estuvo nuevamente tapada, los indios se quedaron unos momentos en pie alrededor de ella pronunciando algunas palabras en voz baja, mientras el viento de la noche gemía un lúgubre responso por la muerte del jefe.