La Heroína de Fort Henry

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La señal fue oída en seguida desde el poblado, ya que una inmensa gritería se levantó inmediatamente en la orilla. Unos momentos después, cuando la canoa rozaba ligeramente la grava de la ribera, Isaac distinguió entre la niebla de la mañana el perfil de las chozas y wigwams y comprendió que nuevamente se encontraba en el país de los wyandots.

Muy entrada la tarde despertaron a Isaac de su pesada modorra y le dijeron que el jefe le esperaba. Se levantó de la yacija de pieles de búfalo en donde se echara aquella mañana, estiró sus miembros doloridos y se dirigió hacia la puerta de la habitación.

Todo lo que le rodeaba le era tan familiar que tuvo la sensación de haber vuelto a su hogar después de una larga ausencia. Los postreros rayos del sol poniente brillaban rojizos por encima de la Roca Empinada cubriendo de oro las cabañas y wigwams que poblaban el pequeño valle y arrancando mil brillantes reflejos de las juguetonas aguas que se deslizaban rumorosas sobre su lecho de rocas. En la orilla del río se veían largas hieras de canoas y, aquí y allá, algún puente formado con troncos de árbol atravesaba la tranquila corriente. A través del poblado, delgadas columnas de humo azulado se elevaban perezosamente y gigantescos manzanos, con sus vestidos de púrpura y oro, asomando por encima de los wigwams, añadían una rara belleza a aquella escena tranquila.


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