La Heroína de Fort Henry

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Pero todas estas cosas eran insignificantes a los ojos del coronel Zane. Cuando él alababa las cualidades de su hermana, eran éstas precisamente el objeto de sus ponderaciones: él alababa la velocidad de sus pies, la fuerza de sus brazos, su ojo certero y su espíritu atrevido. Él había contado a las gentes de la colonia, incluso a los que no la conocían todavía, que había heredado gran parte de la velocidad de los pies de la familia y que era capaz de conducir su canoa por las peores corrientes. La veracidad de las palabras del coronel no había sido todavía comprobada; pero de todos modos, a pesar de sus defectillos, Betty era muy querida de todos. Por dondequiera que fuere ponía el rayo de sol de la felicidad y de la alegría; los viejos la adoraban, los niños la idolatraban y los jóvenes fuertes se sentían avergonzados, silenciosos, pero felices con su presencia.

—Betty, ¿quieres llenar mi pipa? —pidió el coronel al terminar la cena, acercando su gran sillón a la lumbre.

Su hijo mayor, Noah, un robusto niño de seis años, se encaramó sobre sus rodillas y le acosó a preguntas.

—Papá, ¿has visto muchos osos y muchos búfalos? —preguntó con los ojos desmesuradamente abiertos.

—No, hijo mío; ninguno.


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