La Heroína de Fort Henry
La Heroína de Fort Henry Tenía los ojos y el pelo oscuro tan característico de los Zane; el mismo óvalo y las finas facciones de ellos; la línea de su talle era suave y la dulzura de su expresión daba a su rostro un inefable encanto.
Sin embargo, a despecho de esa inocente apariencia, su voluntad era férrea, de modo que se imponía muchas veces a los que la rodeaban; maquiavélica, muy inclinada a la coquetería y, sobre todo, con un genio vivo como la pólvora, que hacía de ella un diablillo irritable con una facilidad asombrosa.
El coronel, ponderando las cualidades de su hermana; solía decir que eran innumerables. Al cabo de pocos meses de estar en la frontera sabía preparar el lino y tejer un lienzo con asombrosa facilidad. Algunas veces, para complacer a Betty, su cuñada, la esposa del coronel, le permitía que preparara la comida, y lo hacía con tal acierto que gustaba a todos y se ganaba las alabanzas de la cocinera, la esposa del viejo Sam, que servía en la familia desde hacía más de veinte años. Los domingos, Betty cantaba en la pequeña iglesia de la colonia, organizaba clases dominicales y jugaba a las damas con el coronel Zane y con el Mayor Mac-Colloch, a los cuales ganaba muy a menudo la partida. En suma, Betty lo hacía casi todo y bien desde los quehaceres propios de su sexo hasta pintar las paredes de su cuarto, cubiertas de blanca corteza de abedul.