La Heroína de Fort Henry

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—¡Oh! Nada más que vigilarle, querida —contestó la viejecita—. Si me necesita, me manda a buscar por uno de los chicos; de todos modos ya volveré tan pronto como pueda. Procure alejar las moscas… ¡son muy molestas!… y de vez en cuando báñele la frente con agua. En el caso de que se despertara y probara de sentarse en la cama, como ha hecho alguna que otra vez, sosténgale echado; no le costará a usted mucho trabajo, porque, el pobre, está débil como un gato. Si delira, procure calmarlo hablándole con dulzura…

Betty se quedó sola en la pequeña habitación, y aunque se sentó cerca de la cama en que Alfred estaba echado, no se atrevió a mirarlo hasta después de un rato, cuando, venciendo su emoción, dirigió sus ojos hacia el herido. Alfred estaba abrigado con una manta acolchada. La luz escasa que entraba por la ventana iluminaba su rostro. ¡Qué mortalmente pálido estaba! ¡Ni el más leve vestigio de color se adivinaba en él! Su frente parecía cincelada en mármol, profundas sombras amoratadas subrayaban sus ojos y en todas sus facciones se pintaban la fatiga y el sufrimiento.





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