La Heroína de Fort Henry

La Heroína de Fort Henry

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Alfred e Isaac fueron dos amigos íntimos e inseparables. Pasaban muchas horas juntos pescando en el río y, errando por los bosques vecinos, ya que el coronel Zane no permitía que Isaac se alejara demasiado. Alfred fue un asiduo visitante de la casa del coronel, y; aunque todos los días veía a Betty, nada hasta entonces había acortado la distancia que entre los dos existía. Se mostraban atentos y afables mutuamente cuando la casualidad los juntaba, pero Betty acostumbraba abandonar la habitación al poco rato de haber entrado él. Alfred sentía que durara tanto aquel resentimiento y de buena gana hubiera querido hacer las paces; pero ella no le daba nunca ocasión, ya que cuidaba siempre de evitarle. Sin embargo, aunque Alfred estaba a punto de sucumbir al encanto de la hermosura de Betty, a pesar de que el deseo de estar junto a ella crecía de una manera casi irresistible, su orgullo tampoco había cedido todavía. Durante aquel verano se le podía encontrar muchas noches a la puerta de la casa del coronel, fumando su pipa y jugando con los niños, de los cuales era el mejor y más paciente compañero. Celebraba siempre las historias del coronel Zane y nunca se cansaba de escuchar los relatos de Isaac sobre las costumbres de los pieles rojas; pero de seguro que no habría compartido tan asiduamente la compañía del coronel si no hubiese tenido la probabilidad de ver a Betty, y cuando por casualidad recibía de ella una mirada, aunque fuera más rápida que un relámpago, ya se iba satisfecho. Y al llegar el domingo, asistía a los divinos oficios en la pequeña iglesia y escuchaba extasiado la dulce voz de Betty que cantaba.


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