Lluvia de oro

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Los cowboys entraron, lentos, reposados, plácidos, afectuosos.

—Es mala pata —dijo Ladd—. Tiene usted cara de difunto.

Jim sacudió la semicalva cabeza.

—Peor debe de tenerla Rojas.

—Gale, Ladd me ha dicho que uno de nuestros vecinos, llamado Carter, va a Casita —interpuso Belding—. Podría aprovechar la ocasión para comunicar con su amigo.

—¡Oh! ¡Espléndido! —exclamó Dick—. ¡Me había olvidado de Thorne…! ¿Cómo está la señorita Castañeda? Supongo…

—Está perfectamente, Gale. Hace dos días que sale al patio. Como todo español de pura sangre, es de acero esquinado. Nos hemos hecho amigos. Nell y ella congeniaron en seguida. Voy a llamarlas.

Cerró la puerta que daba a la plazoleta pretextando que no quería correr el riesgo de que la presencia de Mercedes fuera conocida por los vecinos, y, acercándose a la otra, llamó a las jóvenes.

Entraron ambas, Mercedes la primera. Iban de blanco. Nell llevaba en la mano una rosa encarnada. Dick sólo conocía de la española los magníficos ojos negros y el altivo parte; su belleza le impresionó como algo nuevo y extraño. Se acercó a él, impulsiva y vivaracha.


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