Lluvia de oro
Lluvia de oro Le pareció que Belding se inclinaba sobre él, poniéndole una mano en la frente y hablándole; éstos fueron los últimos actos de que tuvo conciencia, sumiéndose luego en una región tenebrosa, en la que sólo tenÃa vaga idea de figuras que se movÃan y voces lejanas y remotas. Después, un intervalo de absoluta inhibición que no supo si fue de horas o de minutos, pero del que su cerebro surgió más despejado. Durmió, despertando durante la noche y volviéndose a dormir. Cuando abrió de nuevo los ojos el sol alegraba el aposento y penetraba una suave brisa refrescante. Dick se sintió mejor, aunque sin deseo alguno de moverse, hablar o comer. Su única sensación era de sed. La señora Belding le visitó con frecuencia; su esposo también asomaba la cabeza de vez en cuando. En una ocasión, Nell entró calladamente. Ni este acontecimiento despertó el interés de Dick.
Al dÃa siguiente se encontró muy mejorado.
—Temimos que fuera una septicemia —dijo Belding—, pero mi mujer cree que ha pasado el peligro, aunque tendrá que llevar el brazo en cabestrillo durante algún tiempo.
Ladd y Jim entraron de puntillas.
—Podéis entrar, muchachos. Ya puede recibir visitas.
Asà estará más distraÃdo. Pero no le dejéis mover.