Lluvia de oro
Lluvia de oro Al acostarse, Dick se dio cuenta de que estaba dolorido y con fuerte jaqueca. No se encontraba bien, aunque, a pesar de ello, le venció la fatiga, quedándose pronto dormido.
Era ya de dÃa cuando despertó. Le fue preciso hacer un verdadero esfuerzo para coordinar sus ideas. TenÃa vértigo y un violentÃsimo dolor le obligó a desistir de mover el brazo derecho, que aparecÃa hinchado. La misma inflamación habÃa hecho saltar el vendaje de la mano, que estaba amoratada, imponente, de un tamaño doble del normal. Se sentÃa arder y un dolor de cabeza insoportable aumentaba su abatimiento.
Belding entró bruscamente en la habitación.
—¡Hola, Dick! ¿No sabe usted lo tarde que es? ¿Cómo va la mano?
Dick intentó incorporarse, pero su esfuerzo fue inútil, tuvo que dejarse caer de espaldas otra vez.
—Creo… creo… que estoy algo enfermo —dijo.