Lluvia de oro
Lluvia de oro —¡Un yaqui inválido! ¿Cómo demonios se te ocurrió cargar con semejante plepa? —gruñó Belding, ayudando a Dick a acostarse.
Durante las últimas semanas el carácter de Belding habÃa sufrido la influencia de los acontecimientos, haciéndose violento, duro, inflexible.
—Es cuenta mÃa —murmuró Gale—. Ve a recogerle; cayó en la pista, al otro lado del rÃo, cerca del primer saguaro grande.
Belding empezó a mascullar imprecaciones mientras buscaba cerillas para encender la lámpara. Al brillar la luz las palabras murieron en sus labios.
—¿No decÃas que no estabas herido? —preguntó ansiosamente e inclinándose sobre Gale.
—Y es verdad, estoy simplemente rendido. ¿Quieres ir o enviar a alguien a buscar al yaqui?
—SÃ, hombre, sà —le respondió menos bruscamente Belding.
Al salir de la habitación se le oyó llamar a su esposa:
—¡Madre…! ¡Muchachas! ¡Dick ha vuelto! ¡Está derrengado! ¡Haced lo que podáis para aliviarle! Yo salgo un momento.
