Lluvia de oro

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VII

—¡Un yaqui inválido! ¿Cómo demonios se te ocurrió cargar con semejante plepa? —gruñó Belding, ayudando a Dick a acostarse.

Durante las últimas semanas el carácter de Belding había sufrido la influencia de los acontecimientos, haciéndose violento, duro, inflexible.

—Es cuenta mía —murmuró Gale—. Ve a recogerle; cayó en la pista, al otro lado del río, cerca del primer saguaro grande.

Belding empezó a mascullar imprecaciones mientras buscaba cerillas para encender la lámpara. Al brillar la luz las palabras murieron en sus labios.

—¿No decías que no estabas herido? —preguntó ansiosamente e inclinándose sobre Gale.

—Y es verdad, estoy simplemente rendido. ¿Quieres ir o enviar a alguien a buscar al yaqui?

—Sí, hombre, sí —le respondió menos bruscamente Belding.

Al salir de la habitación se le oyó llamar a su esposa:

—¡Madre…! ¡Muchachas! ¡Dick ha vuelto! ¡Está derrengado! ¡Haced lo que podáis para aliviarle! Yo salgo un momento.


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