Lluvia de oro
Lluvia de oro —¿Estamos ahora en Méjico? —preguntó vivamente Gale.
—SÃ, muchacho. Eso es lo que complica las cosas. Rojas y los suyos son hoy por hoy los amos de Casita, pero aunque asà no fuera, Rojas, por sà mismo, es capaz de hacerme detener, apoderarse de la muchacha y huir con ella a sus guaridas de la montaña. Si realmente espÃan a Mercedes…, si han averiguado su identidad, como creo, no nos dejarÃan ir muy lejos sin que yo fuera asesinado y ella apresada.
—¡Gran Dios, Thorne! ¿Es posible que puedan ocurrir semejantes cosas a menos de cien metros de la frontera norteamericana? —exclamó Gale con incredulidad.
—Pueden ocurrir y ocurren, no lo olvides. Tú no sospechas el dominio que esos cabecillas, esos capitanes rebeldes y, especialmente, esos bandidos ejercen sobre la masa del pueblo mejicano. Conozco a Rojas. Es un individuo de apuesto continente, audaz, sarcástico, más vanidoso que un pavo real. Se echa encima cuantas galas de oro y plata puede comprar o robar. Fue uno de los rebeldes que tomaron parte en el saqueo de Sinaloa, apoderándose de más de medio millón en dinero y alhajas. Hace correr el oro con la misma facilidad que la sangre. Pero el motivo principal de su reputación es el secuestro de mujeres, por cuyo rescate solicita después sumas fabulosas.