Lluvia de oro

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Thorne se enjugó el sudor que inundaba su frente y, después de una ojeada a la calle, prosiguió:

—Considera la posición de Mercedes. No puedo reclamar auxilio alguno en nuestra parte de la divisoria. En la opuesta, la población es mejicana en su casi totalidad, simpatizando en absoluto con los rebeldes; es la clase que secretamente respeta a Rojas y odia a los aristócratas como Mercedes. Serían los primeros en trabajar para ponerla entre sus manos. Rojas puede poner en juego toda clase de influencias para el logro de sus fines. Si no consigo ganarle la mano, se apoderará de Mercedes con la misma facilidad con que yo enciendo un cigarrillo…, pero… estoy resuelto a acabar con él y con toda su cuadrilla antes de que… Ésta es la situación, amigo Dick. El tiempo de que dispongo es muy escaso. Continuamente me veo expuesto a ser arrestado. Rojas está en la ciudad. Cuando venía a este hotel, han debido de seguir mis pasos. El sacerdote, o me ha traicionado o ha sido hecho prisionero. Mercedes está sola, esperando, dependiente en absoluto de mí para su salvación. ¡Y es tan hermosa…! Muy en breve, quizá dentro de algunos instantes, se armará aquí… ¡Dios sabe qué…! Dick, ¿puedo contar contigo?



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